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| Doctor. Julio González Iglesias
Profesor Historia de la Odontología
Universidad Alfonso X el Sabio
Miembro del Comité Científico de Gaceta Dental
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A comienzos del verano de 2009, tuve el honor de recibir la visita de don Pedro Mayoral Herrero, hijo del que fuera catedrático de la Escuela de Odontología de Madrid, don Pedro Mayoral Carpintero.
La entrevista me emocionó profundamente. Don Pedro Mayoral Herrero es un hombre entrañable, sencillo, moderado y sabio. Pude escuchar de sus labios los recuerdos de una vida difícil, marcada por el exilio que desgarró España tras la lucha fratricida de 1936-39.
Tanto él como sus padres y hermanos se extrañaron a Colombia donde, por cierto, y en contra de ciertas tesis interesadas, no les ayudaron tan generosamente como se dice.
De hecho, su padre no encontró sitio en la universidad, y fue enviado a un lugar harto remoto y peligroso, el laboratorio de Higiene de Nariño (Pasto), donde, a la sazón, se luchaba contra una terrible epidemia de bartonellosis, que había ocasionado miles de víctimas.
Lo extraordinario de don Pedro Mayoral Herrero es que narraba todas esas terribles experiencias (y la desgraciada muerte de un hijo en época reciente) sin un ápice de rencor, y con una aceptación estoica propia de los espíritus que han alcanzado la serenidad y la beatitud de los elegidos.
Llevaba consigo, y me lo dejó en depósito, un gran paquete con multitud de fotografías y documentos de la familia, para que yo hiciera con ellos lo que considerara procedente.
Creo que es un legado inapreciable por muchísimos motivos. El primero, por la figura principal del mismo, la de don Pedro Mayoral Carpintero, catedrático, repito, de la Escuela de Odontología de Madrid. Pero, además, alrededor de él hay un gran contenido de aportaciones humanas, sociales, familiares, científicas, etc., que le dan un valor extraordinario.
He considerado (con el permiso de don Pedro) publicar este legado porque creo que es un regalo sin parangón para la profesión odontoestomatológica española, si acaso, únicamente comparable al que el doctor Guillermo Landete nos cedió, a la doctora Marisol Ucha y a mí hace varios años, y que ha sido incluido en el estudio del expediente académico del doctor don Bernardino Landete, y publicado también en Gaceta Dental.
Ambos son documentos esenciales de dos de las grandes figuras de la Odontología y la Estomatología española (los dos eran médicos y partidarios de que los “dentistas” fueran, primero, licenciados en Medicina).
Don Pedro Mayoral y don Bernardino Landete fueron muy amigos e incluso afines en ideas políticas.
No es esta la ocasión de analizar la obra científica del doctor Mayoral, que estuvo muy ligada al doctor Landete (publicaron varios libros juntos).
De lo que aquí se trata es de ofrecer un álbum fotográfico de la biografía del doctor Mayoral y de su familia, visión humana y cotidiana sobre cualquier otra consideración.
Muchas imágenes son tan expresivas que nos enseñan más que cualquiera de los estudios históricos que pudiéramos hacer.
InfanciaDon Pedro Mayoral Carpintero nació el 24 de noviembre de 1880 en Valencia, hijo de don Pedro Mayoral Martínez, natural de Frandovínez (Burgos), y de doña Catalina Carpintero García, natural de la misma localidad.
En la primera fotografía puede verse a Pedrito Mayoral Carpintero con sus papás, Pedro y Catalina. Posiblemente tuviera 5 o 6 años. Lleva faldita y botines, y la pierna izquierda doblada por encima de la derecha. Tal vez esa postura no fuera casual, sino adoptada para disimular los efectos de la poliomielitis, que le dejó cojo para siempre.
BachilleratoEstudió el bachillerato en el Instituto General Técnico de Valencia.
Medicina en ValenciaCursó los estudios de Medicina en Valencia, donde se licenció en 1902, precisamente el año en que también se licenció su compañero, don Bernardino Landete.
En 1927, celebraron las bodas de plata en la Facultad de Medicina de Valencia (Figura 2).
Doctorado en MadridObtuvo el doctorado en Madrid, el 30 de junio de 1903, con la tesis “Tratamiento de las queratitis supuradas”.
Nombramientos— Médico, por oposición, de la Beneficiencia Municipal de Madrid (supernumerario en 1904 y numerario a partir de 1905).
— Médico de Baños en 1904.
— Ayudante oficial del Laboratorio de Higiene y Bacteriología Sanitaria de la Facultad de Medicina, con el profesor catedrático don Rafael Forns y Romans.
— Auxiliar interino del séptimo grupo de la Facultad de Medicina de Madrid, el 27 de enero de 1911 (150 pesetas al año).
— Socio correspondiente del Instituto Médico Valenciano en 1911.
— El 22 de octubre de 1912 es nombrado encargado de la enseñanza de Higiene y Medicina por enfermedad de su titular, don Rafael Forns.
— Auxiliar numerario (mayo de 1913) del grupo tercero de la Facultad de Medicina de Madrid (150 pesetas de sueldo anual).
— Académico corresponsal de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Valencia (concurso de premios).
— Socio corresponsal de la Real Academia de Zaragoza, en 1914.
— En 1915, el alcalde de Madrid pide al decano de la Facultad de Medicina un experto para inspeccionar las vaquerizas de Madrid, y el decano le propone como tal, con fecha 9 de julio de 1915.
— El 10 de diciembre de 1915 informa a las autoridades de que las vaquerizas en Madrid son insalubres, tanto para los animales como para el vecindario.
— En 1915 es nombrado jefe de la Sección de Sueros y Vacunas del Laboratorio Municipal de Madrid, dirigido por el doctor Chicote.
— En mayo de 1918 acaba la carrera de odontólogo y aprueba el ejercicio de la reválida.
— En mayo de 1922 consigue la cátedra de Microbiología, Anatomía Patológica y Farmacología de la Escuela de Odontología de Madrid.
Recuerdos de juventudHacia 1906 veraneaba en Busot, provincia de Alicante, y de allí son dos fotografías, la número 3, practicando esgrima (obsérvese su pierna izquierda afectada de parálisis), y la número 4, tomándose un aperitivo con unos amigos.
Hecha en el estudio Bauset es otra (la número 5), en la que posa con su amigo Bernardino Landete (el primero por la izquierda), ocupando el cuarto puesto contando desde la izquierda. Firman la foto por detrás Pepe Noguera, Pesquera y J. Noguera.
La familiaCasado con doña Virginia Herrero, tuvo don Pedro cuatro hijos: Juan, José, Guillermo y Pedro, y dos hijas: Carmen y Virginia.
Todos ellos aparecen en la fotografía número 6. En primera fila, Guillermo, Pedro, doña Virginia Herrero Moriones, Virginia Mayoral y don Pedro Mayoral. En segunda fila, Juan, José y Carmen.
De sus hijos son la figura número 7, que representa a Juan Mayoral Herrero con traje de primera comunión, el 18 de mayo de 1920; la número 8, Guillermo Mayoral Herrero; la número 9, Carmen Mayoral Herrero; la número 10, Virginia Mayoral Herrero; las número 11 y 12, correspondientes al bautizo de don Pedro Mayoral Herrero, la primera con su padrino, don Gregorio del Campo Peláez, y en brazos de su hermana Carmen, y en la segunda, con su hermana Carmen (1931).
Hay otra muy interesante de los “hermanos pequeños” —la número 13—: Virginia, Pedro, Guillermo (detrás) y Carmen, hecha en Burriana en 1937, en plena Guerra Civil, cuando su padre prestaba servicios en el Hospital de Alquerías del Niño Perdido.
Catedrático e investigadorEn 1922 consiguió la cátedra, como se ha dicho. Su fotografía apareció en la prensa profesional (Fotografía 14).
Aunque algunos le atribuían cierto carácter retraído y distante, las fotos número 15, 16 y 17 demuestran que tenía sentido del humor, al permitirse intervenir en una graciosa parodia donde un niño “extrae” una muela a un adulto y luego queda cansado tras el esfuerzo.
Sus alumnos le consideraban bastante benévolo, como sugiere un poemilla satírico que circuló en su momento por la Facultad. Decía así:“Cuentan de Floro (don Florestán Aguilar) que un día tan pobre y mísero estaba que sólo se sustentaba de los ceros que ponía.
¿Habrá otro —entre sí decía— que suspenda más que yo?
Y cuando el rostro volvió halló a Landete suspendiendo a los dos que él aprobó.
Y dicen de Mayoral que si suspende a uno de ciento ya se cree un criminal.”En la 18 aparece con su microscopio.
Muy interesantes son las que podemos agrupar con la etiqueta de “faceta investigadora”.
La número 19 es espléndida, solo, con el microscopio al fondo, bata de lienzo blanco y botones de hueso. No lleva barba.
La 20 es igualmente muy interesante. Le presenta en el justo momento que inyecta un preparado (posiblemente alguna vacuna bucal) a un conejo sostenido por un mozo en cuyo uniforme se observan dos letras: L y M. Por eso, podemos colegir que esta foto pudo ser tomada en el Laboratorio Municipal. De ser esto cierto, la anterior habría sido tomada también en el mismo lugar.
Las 21, 22 y 23 no van a la zaga de las anteriores. En la 21 le podemos observar en un grupo, alrededor de una mesa en la que reposa un animal de experimentación. A la izquierda hay una jaula con una rata dentro.
En la 22 es el mismo grupo fotografiado en el patio del laboratorio.
La 23 corresponde a un curso sobre anaerobios celebrado en marzo-abril de 1921.
Todas ellas nos dan una imagen fidedigna de los protagonistas y de los medios con que contaba la experimentación científica en la España de los años veinte del siglo XX.
Realmente son inestimables, como documento etnográfico incluso.
Congresos y evocacionesLas imágenes 24 y 25 corresponden a congresos, la 26, a las bodas de plata de la promoción en Valencia (1927); la 26 bis, a la inauguración del curso de la Sociedad Odontológica Española (3-XII-1926).
La 27 es muy curiosa, se trata de una especie de carnet para “pasear a pie o a caballo por la Real Casa de Campo” y está expedido por la Intendencia General de la Real Casa y Patrimonio, en 1928.
Aunque intensamente republicano y admirador de Azaña, don Pedro, por aquella época, no tenía reparos en visitar al luego denostado Martínez Anido (ministro de la Gobernación y pacificador del anarquismo barcelonés mediante la “ley de fugas”).
Concretamente, en enero de 1928, junto a Landete y Cervera, le pidieron audiencia para protestar contra la muerte violenta de un subinspector de Odontología de Vigo y pedirle su ayuda para la instauración de la colegiación obligatoria (Odontología Clínica).
Pues bien, el referido pase no deja de ser curioso por las condiciones que exige a los que lo empleen (total preferencia de los carruajes reales, etc.).
A Landete, ciertos izquierdistas, días antes del 18 de julio, le acusaron de “pasteleo” con Martínez Anido por lo dicho anteriormente. ¿Qué habrían dicho si hubieran conocido el “pase” de Mayoral o hubieran sabido que no era un comecuras y bautizaba y confirmaba con total normalidad a sus hijos?
Para los que quieren resucitar una memoria histórica dogmática, sesgada, maniquea y resentida, queden estos documentos que no son ni blancos ni negros, ni azules ni rojos. Todos los afectados por la Guerra Civil fueron personas con contradicciones, claroscuros y comportamientos que no se adaptan a los clichés que algunos quieren ahora vender al público.
La guerraAl acercarse las tropas de Franco a Madrid, don Pedro y su familia se fueron a Valencia. Juan y José, ya mayores, se alistaron en el ejército republicano. Don Pedro recibió un nombramiento de mayor y fue enviado a Burriana, al hospital maxilofacial de Alquerías del Niño Perdido, como encargado del laboratorio de análisis clínicos, lo que se desprende del oficio (fotografía número 29) emitido en abril de 1938 por el capitán médico doctor Andrés Pesquera Álvarez.
Allí estuvieron también Landete, Trobo, dentistas y un niño (hoy no tanto, pero igualmente joven), el doctor Antonio Martínez, hijo de un protésico que trabajaba allí (referencia profesional del propio doctor don Antonio Martínez al autor del artículo).
Su adscripción a dicho hospital se refleja en el documento firmado por el doctor Pedro Trobo, director del mismo (Foto 30).
Al dorso de dicho documento se incluye una nota que dice: “Diario Oficial del Ministerio de Defensa Nacional. Año I, n.º 227. Valencia, 21 de septiembre de 1937. Asimilado a mayor médico”.
Es decir, está fuera de toda duda el grado que alcanzó en el ejército republicano (Landete, por ejemplo, rechazó un nombramiento semejante).
Otro documento que confirma lo dicho es el carnet reproducido en la fotografía 31, emitido en Castellón en abril de 1938, donde figura como “asimilado a mayor médico”.
Ante el avance de las tropas de Franco, el hospital de Alquerías hubo de ser desmontado, y don Pedro Mayoral Carpintero inició un terrible éxodo hacia la frontera francesa.
El 3 de junio de 1939 resumía su peripecia en carta dirigida al doctor José Puche Álvarez (Archivo de don Pedro Mayoral Herrero). La carta decía que en enero de 1939 había pasado a Francia por Massanet a Ceret con los heridos que le habían confiado en Valliar el 23 de enero. “El paso —especificaba— lo hicimos a pie mediante una marcha de 12 horas por el Coll Perillos y 4 horas de espera en el puesto de la Cruz Roja de Boulou. Allí nos separaron de los heridos y yo pude escabullirme y llegar a Prades, donde tenía amigos franceses y donde me reuní con mi hijo Juan, teniente auditor”.
A poco observador que uno sea, puede darse cuenta de dos cosas, la primera, el doctor don Pedro Mayoral huye de las tropas franquistas; dos, tiene que “escabullirse” de los franceses porque esos “amigos de la República” estaban dándoles un trato infame a los refugiados españoles.
No obstante, el 28 de enero consigue un pasaporte diplomático de la República Española (Figura 32).
El 25 de febrero de 1939 salió de Francia por el Havre en el vapor Cuba, rumbo a Colombia, desembarcando en Puerto Colombia el 13 de marzo y llegando a Bogotá el 21 de dicho mes (Fotos 32 bis y 32 tris).
El 3 de junio de ese año escribe una dolorosa carta al doctor Puche Álvarez a México (archivo personal del doctor Pedro Mayoral Herrero).
La mencionada carta decía que había sido tratado muy mal por la Academia Nacional de Medicina y por la Facultad de Medicina, instituciones que están empeñadas en impedir la entrada en el país a médicos españoles.
“El ministro de Higiene, el secretario general del Departamento de Higiene y el jefe de servicios, doctor Gómez Pinzón, habían decidido colocarme en el Instituto de Microbiología Lleras Acosta [...], pero la Academia Nacional de Medicina y el decano de la Facultad de Medicina han coaccionado al director del centro para que de ninguna manera me dé un puesto allí...”
“Ya he avisado a la Junta de Cultura de París [...] para que estén enterados de cómo reciben a los médicos aquí...”
Puche fue un hombre de Negrín que dirigió en México el CTARE, un organismo de ayuda a los exiliados.
Como se ve, al pobre don Pedro le dieron bofetadas por todas partes.
Así que su heroica aventura en Nariño no fue voluntaria, sino que se vio obligado a ir allí para ganarse los garbanzos que sus colegas de Bogotá le habían negado.
La señorita María Eugenia Martínez Gorroño (aunque reconoce que no consiguió convalidar su título de médico en Colombia), en Memorias y sueños (Ed. Fundación Españoles en Colombia, Bogotá, 2004) relata angelicalmente este episodio de la vida del doctor Mayoral, y pasa por alto la humillación que le habían infligido sus colegas.
Fue a Nariño porque no se pudo quedar en Bogotá. Tenía 57 años, el terrible trauma de la derrota, la cojera y otros alifafes. Ir a un territorio alejado y peligroso no era su Eldorado, precisamente. Y eso le acarreó la muerte.
PastoAsí pues, en noviembre de 1939 ya estaba don Pedro Mayoral en Pasto, capital del distrito de Nariño, situado en la parte del sudoeste de Colombia, cerca de Ecuador y al pie del volcán Galeras.
Lo primero que hizo fue enviar una postal de la ciudad a su esposa, doña Virginia, que se había quedado con sus hijos en Bogotá (Figura 33): “Hice un buen viaje [...] estoy alojado en el Hotel Niza”.
Pasto era entonces una ciudad aislada y retrasada. Por sus calles empinadas era corriente ver gente a caballo, campesinos de la montaña (Foto 33 bis).
Allí comenzó a trabajar con los doctores Hernando Groot y Alfredo Valdecilla (Foto 34).
De esa época son las fotografías número 35, 36, 37 y 38.
En la 35 se retrata con los doctores Alfredo Valdecillas y Hernando Groot, en la 36, en una población cercana a Pasto, en visita de inspección a bordo de un “Pontiac” de 1940 (matrícula 34); en la 37, en la plaza del mercado, ataviado con un poncho conocido como “Ruana” y acompañado por indios sibundoyes. Obsérvese que el tejado de las casas es de paja. En la 38 se le observa con sus colaboradores y unos cuantos perros y monos, seguramente de los empleados en experimentos.
Otra imagen (Figura 39), con Alfredo Valdecillas (2), Hernando Groot (3) y otros miembros de la campaña contra la bartonellosis.
En Pasto, don Pedro Mayoral no tenía inconveniente en fotografiarse con el obispo de la ciudad.
Posiblemente la fotografía 41 sea la última en las que aparece el doctor Mayoral.
Está fechada el domingo 12 de octubre de 1941 y se hizo con motivo de la inauguración de la Clínica Victoriano Rosero.
A don Pedro apenas se le ve. Está en tercera o cuarta fila, en la parte centro-izquierda. En primer plano están el obispo y las autoridades.
Fallecimiento“Salvar el honor no fue fácil”. Así se titula una nota del archivo del doctor Pedro Mayoral Herrero, cuyo contenido es el siguiente:
En los años 1939-1942 la ciudad de Pasto era simplemente un pueblo grande, su atraso se refleja fielmente en las fotografías del pequeño conjunto al pie del volcán Galeras y sus típicas calles, donde el caballo aún era el medio de transporte; allí se vio obligado a ejercer su profesión don Pedro Mayoral Carpintero, al serle negada cualquier otra opción de trabajo en Colombia.
El acceso a esta población situada en el extremo sur, junto a la frontera con Ecuador, se cubria desde la capital solamente por carretera, tras un recorrido por terreno montañoso de dos largas jornadas. Para entender el atraso de esta región, basta por leer lo escrito por don Pedro a su familia, radicada en Bogotá, en una tarjeta postal: “Si veis algo relacionado con mi trabajo en las noticias del periódico El Tiempo, me lo recortáis y me lo guardáis”, lo cual significa que ni la prensa escrita llegaba a este apartado lugar.
Como podemos deducir, la precaria o, mejor dicho, la absoluta falta de recursos con que salieron de España tanto él como toda su familia fue lo que le obligó a aceptar ese trabajo.
Fue precisamente en la ciudad de Pasto donde, el 24 de julio de 1942, le sorprendió la muerte en forma repentina, alejado de su adorada esposa y de sus hijos. Triste final, pero esa fue la realidad para quien siempre fue fiel a su pensamiento y cuya rectitud de vida nunca se doblegó.
En Pasto, efectivamente, pasó los últimos años de su vida luchando contra la bartonellosis, fruto de lo cual fue el libro titulado Campaña contra la bartonellosis, publicado en marzo de 1942.
Y en ese lugar y en esas circunstancias le sobrevino la muerte de una forma extraña y desconocida.
Así lo manifestó el doctor Mosquera al doctor José Royo y Gómez, mediante un cable, el 28 de julio de 1942, cuatro días después del óbito del maestro.
Muy emocionado, le contaba cómo había estado con el doctor Mayoral a las 8 de la mañana y se habían despedido, uno (Mayoral) para ir al Hotel Pacífico y otro (él) para el Hotel Niza.
También le refería el desconocimiento de su muerte repentina, achacada por algunos a una caída en el hotel, por otros a un ataque al corazón y por los más a un derrame cerebral motivado por una caída que había sufrido varios días antes.
Le comunicaba también cómo la noticia había corrido igual que la pólvora por la ciudad de Pasto, y cómo habían respondido las autoridades.
A las 10 de la mañana, lo transportaron al laboratorio municipal, donde se instaló una capilla ardiente; a las 5 de la tarde se le trasladó al Palacio de la Gobernación, donde se depositó el cadáver en el Gran Salón de Asambleas, adornando el ataúd con gran cantidad de coronas de flores y una gran cruz de focos, sin que faltara una guardia de honor de la policía.
Ante el féretro pasó “lo mejor de Pasto”, agradecidos por su labor ante la terrible epidemia de bartonellosis.
Al día siguiente, a las 8 de la mañana, se ofició una misa en la catedral, y luego se le enterró en el cementerio de la ciudad.
Por el camino pronunció un bello discurso el doctor Gerardo de la Rosa, director de Educación, donde destacó los méritos del finado y su heroica lucha contra la bartonellosis, que sembraba de cadáveres de hombres, mujeres y niños las hoyas de los ríos Guaitara y Juanambú.
Y así murió y fue enterrado solo, en un lugar remoto, un español dedicado fundamentalmente a la investigación, a la enseñanza y a la publicación de libros y artículos.
Su marginal adscripción a la política le llevó a verse involucrado (voluntariamente, es cierto) en la peor contienda que ha sufrido España, y por ello pagó un espantoso tributo.
Ni las izquierdas ni las derechas pueden reivindicarle, porque unas y otras le hicieron la puñeta.
Quede como lo que fue, un patrimonio de todos y un ejemplo de hombre honrado, tenaz, trabajador y voluntarioso.
Así lo queremos todos, y particularmente don Pedro Mayoral Herrero, digno hijo de tal padre.